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El otro día escuchaba en la radio una noticia curiosa, el interés que están demostrando algunas Cadenas de supermercados por incorporar Filas lentas.  La idea surge como resultado de un estudio hecho en Gran Bretaña por un equipo de investigadores en política pública alimentaria de la Universidad de Hertsfordshire. Este estudio, sugiere que los supermercados deberían incorporar filas lentas, para atender a las personas mayores, para quiénes ir a la compra es  una experiencia social que se está viendo amenazada por un estilo de vida frenético que busca que todo sea rápido, y digital, con cajas automáticas, donde los clientes pueden pagar sin la ayuda de un cajero.

La gente mayor quiere permanecer activa, pero se siente intimidada porque su movilidad y su agilidad no es la misma que la de la gente más joven, esto puede incluso, hacer que se retraigan a la hora de ir a comprar por la presión que sienten y porque se convierta en un momento desagradable para ellos.

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Las personas mayores no quieren que su momento de la compra, sea un momento de estrés. Buscan una atención personal, quieren poder hablar y ser atendidos por personas.

 

Esta idea de las filas lentas es reflejo de la realidad social. La realidad de una sociedad con prisa, no reflexiva, dónde impera el pensamiento a corto plazo. No hay tiempo para la reflexión ni la autocrítica, (aunque para la crítica sí suele haber tiempo). Pero sobre todo, la realidad de una sociedad que no valora lo verdaderamente importante y que desecha todo aquello que considera inútil. En una sociedad utilitarista y egoísta el valor sólo reside en aquello de lo que podemos extraer un beneficio. Las personas mayores no interesan y las arrinconamos en nuestra sociedad, porque ya no obtenemos beneficio de ellas, ahora necesitan atención y cuidado.

Priorizar este beneficio mal entendido nos lleva a cometer muchos errores, por esta razón se dejan llevar muchas empresas y organizaciones, que sólo piensan en el beneficio económico a corto plazo y dejan de lado criterios tan importantes como el buen gobierno, que no es otra cosa que hacer lo correcto, y su compromiso con la sociedad y el medio ambiente.

Es también por este beneficio, que los jóvenes, empujados por el escaso apoyo  de las Instituciones, han abandonado las carreras de Humanidades porque no ofrecen salidas laborales, y por lo tanto, son inútiles, son saberes contemplativos. ¿Quién necesita aprender a pensar, o argumentar? ¿O conocer nuestra historia?

Quiero terminar esta reflexión con unas citas del Manifiesto de Nuccio Ordine “La utilidad de lo inútil”, de muy recomendable lectura. El autor reflexiona precisamente sobre la necesidad de dedicarse a los saberes considerados inútiles, que podemos hacer extensivo a todo lo que nuestra sociedad considera inútil.

El hecho de ser inmunes a toda aspiración al beneficio constituye, una forma de resistencia a los egoísmos del presente, un antídoto contra la barbarie de lo útil, que ha llegado incluso a corromper nuestras relaciones sociales y nuestros afectos más íntimos.

Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad.

 

 

*La imagen pertenece a la Campaña #Mayoresinvisibles que promueve la Fundación Amics de la Gent Major (AGM)de la Comunidad Valenciana, quieren hacernos caer en la cuenta de estar realidad y hacerlos visibles.

CC BY-NC-SA 4.0 Las filas lentas por Cuestión de Ideas está licenciado bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.